laos -el desenlace-

-Recordando un poco, en las semanas anteriores ya habíamos recorrido el Norte de Laos donde hicimos un trekking de tres días visitando pequeñas aldeas. Fuimos a Nong Khiaw y visitamos la conocida Luang Prabang. Continuando camino al Sur, realizamos una breve parada en Vientiane y nos encontrábamos en la estación de autobuses de esta ciudad esperando coger un sleeping bus a Pakse-

18 de febrero, 2012

Nos encontrábamos en Vientiane -capital de Laos- en la estación de autobuses. La información que teníamos de esta ciudad no nos llamaba mucho la atención, de modo que decidimos no quedarnos a dormir y verla de forma express en 12 horas, que dieron bastante de sí. (ver anterior post)

Entre el sleeping bus del día anterior y en el que embarcábamos en unos minutos nos cruzaríamos más de la mitad del país. No teníamos tiempo para más paradas intermedias. Tres semanas es poquito tiempo y te obliga a sacrificar algo.

Nos dirigimos a la estación de autobuses con suficiente antelación, por si las moscas. Al entrar en este bus nos temíamos lo peor. El anterior viaje nocturno resultó bastante duro. En esta ocasión tanto el bus como las camas tenían mucha mejor pinta. Los 15 cm. más de largo del catre se agradecían y de qué manera. Pero lo definitivo fue el estado de la carretera que resultó ser infinitamente mejor. El resultado fue un viaje mucho más largo que la noche anterior que realizamos en menos tiempo y en el que  dormimos razonablemente bien. Laos es un pañuelo y compartimos litera con dos chicos argentinos -Leandro y Hernán- a los que encontramos en Vientiane por la mañana e informamos de la posibilidad de ir en sleeping bus al Sur.

Después de diez horas y media, en torno a las 6:30 llegamos a Pakse. Es la ciudad más grande del Sur del país. Al bajar del bus ya “nos esperaban” con otro “Bus Vip” local. Me explico: la mayoría de gente que llega hasta Pakse lo hace para continuar hasta Las Cuatro Mil Islas y algunos avispados ya te facilitan la conexión con un bus que sólo cogerán turistas debido al precio abultado. Esto no está ni mal ni bien. Sin duda es más cómodo, pero no es nuestro estilo.

En un principio teníamos intención de ir a los famosos Templos de Angkor, en Camboya. Finalmente era imposible en tan poco tiempo ir hasta allí y pensamos en ver otro conjunto arqueológico de menor envergadura pero anterior en el tiempo y a solo un ratito de Pakse. Era la ciudad de Champasak

El caso es que Carmen se bajó con el pie izquierdo del bus y, auque el “Bus Vip” tenía parada en Champasak en su camino a Las Cuatro Mil Islas, no quería bajo ningún concepto montarse en él porque el precio  estaba muy inflado -unos 6 €- Como era costumbre, regateamos el precio del billete al ser muy caro. El chico se chuleó muy jocoso, como diciendo que no teníamos más opción y tendríamos que pasar por el aro. Entonces decidimos -bueno, decidió más bien Carmen- buscarnos transporte nosotros hasta Champasak aunque finalmente saliera más caro, por orgullo mochilero. A nuestra revuelta se unieron los dos argentinos -Hernán y Leandro- solidarizándose. Para ser honesto, tengo que decir que estamos hablando de unos eurillos. No se trataba del precio solamente, sino de evitar los transportes “de y para” turistas en la medida de lo posible. Seguramente en la primera semana hubiéramos apoquinado sin pensarlo, ahora era todo diferente.

Así, conseguimos, no sin dificultad, tuk-tuk que nos sacara de allí. Nos dejó en un mercado donde en la explanada de afuera salían “säwngthärews” -una especie de tuk-tuk grande- hacía los pueblos cercanos. Conseguimos montarnos en uno que iba Champasak.  Estuvimos una horita sentados esperando a que se llenara el vehículo. Eso es lo normal aquí. Fue todo un record Guiness. Nadie diría que en la camioneta entraran más de 20 personas, y seguían entrando. Una familia más, otro, una viejita con siete conejos, otra más. ¡Cuando por fin se encendió el motor contaba por encima 40 cabezas!

En estación de säwngthärews de Pakse

En poco más de una hora llegamos a Champasak.  Eran las 10:15 de la mañana aún. Nos habíamos gastado 50 céntimos de euro menos, habíamos tardado seguramente más, pero lo habíamos conseguido. Fuimos de Pakse a Champasak por nuestra cuenta y en transporte local. ¡Una gran victoria!

Champasak resultó ser un pueblo compuesto de una calle paralela al Río Mekong. La gente viene aquí solo para visitar las ruinas de un templo jemer llamado Wat Phou pero el pueblo daba mucho más de sí. Tiene un ambiente no muy alterado por el turismo, económico y perfecto para pasar unos días relajado si dispones de suficiente tiempo, claro. Los hostales estaban, como es natural, en la única calle que hay. Enseguida encontramos una perfecta, en la orilla de Mekong, por 5 eurillos. Descansamos y dimos un paseito. Comimos temprano en un restaurante prácticamente encima del Mekong.”¡Buuuuf, vaya anchura tiene!” –pensaba yo

Había que dormir siesta e ir al Wat Phou que era el motivo por el que llegamos aquí. Así lo hicimos. Estaba a 8 km pero seguimos con la táctica de la moto porque, aunque nos dijeron que era llano, aquí te dicen lo que sea por alquilarte una bici. Alquilamos la scooter y para las ruinas tiramos.

Al  llegar le dije a Carmen: “No se como estará, pero al menos no hay mucha turistada”. No se veía casi nadie de visita y eso multiplica el valor siempre de lo que ves. Nos encantó. Un largo pasillo adoquinado, de al menos 300 metros, flanqueado por dos embalses daban acceso al recinto. Después encontrabas dos templos gemelos -y jemeres- a izquierda y derecha, de roca parduzca. Al pasar éstos, unas empinadísimas escaleras retorcidas por las raíces de unos árboles en flor te llevaban a otro edificio. Se trataba del santuario principal que, en el siglo XIII albergó el gran falo de Shiva.

Parte inferior del santuario

Escalinata de acceso a la parte superior

Monjes dirigiéndose a la zona superior del santuario

Entrando al templo superior dedicado al falo de Shiva

Resultó una tarde espectacular. Ya atardeciendo, nos cerraban el recinto. Salimos y esprimimos la luz que quedaba haciendo algunas paradas por las casas del camino que nos llevaba de vuelta a Champasak. Después de dos días de sleeping bus íbamos bastante guarretes. Tocaba ducha, de esas que saben a gloria. Cenamos a la orilla del Mekong y no pudimos resistirnos a probar pescado del río aunque fuera  algo más caro, merecía la pena. El silencio total, sin apenas gente en las calles y el cansancio hizo que diéramos con nuestros huesos en la cama en un santiamén.

Vistas desde nuestra habitación en Champasak, al fondo el Mekong

A contraluz desde el restaurante, al fondo el Mekong

Algunos precios:

  • Transporte de Pakse a Champasak: 50000 kips: 5€/persona
  • Guest House Champasak: 50000 kips: 5€ (habitación doble)
  • Alquiler de moto scooter: 40000 kips: 4 €
  • Entrada al templo Wat Phou: 30000 kips: 3€/persona
  • Cena (pescado y pollo con genjibre): 70000 kips: 7 €

19 de Febrero, 2012

Esa melodía odiosa del móvil sonó a las 7:00. La hora de salida eran las 8:00 y había que desayunar y recolocar la mochila. Desayunamos y tranquilamente a las 8:00 estaba yo aún terminando cuando preguntaron por nosotros. ¡Increíble, nunca puntuales menos hoy! Había venido a buscarnos el chaval del hostel de al lado al que anoche compramos el transporte a Las Cuatro Mil Islas. Cruzamos en una lancha el río Mekong junto con unos canadienses, una americana y otras guiris.

Piloto de nuestro bote al salir de Champasak

En la otra orilla

Nos dejaron esperando en un pueblecito en la otra orilla y en apenas 15 minutos, a eso de las 9:00, pasó un bus por nosotros. Era un transporte especial para turistas. A la primera parada de la zona de las Cuatro Mil Islas, que era hasta dónde habíamos pagado, llegamos una hora y veinte más tarde. No nos bajamos aquí para intentar llegar un poco más al Sur. A los 10 minutos ya se acababa el trayecto y en una playita pillamos un bote hasta Dong Kohn, la isla que decidimos ir de las que componen este archipiélago conocido en Laos como Shi Phan Don (Cuatro Mil islas). Este conjunto de islas y bancos de arena supone la despedida del río Mekong de Laos y es precisamente aquí donde alcanza su mayor anchura. El río ya continua por territorio camboyano y termina en Vietnam tras 4350 km de recorrido, casi nada.

Decidimos ir a Dong Kohn por tres motivos: En la Lonely Planet decía que era algo más tranquila, una chica alemana nos la recomendó y, con suerte, se podía ver al extraño y esquivo Delfín de Irawadi.

Sobre las 11:30 ya estábamos buscando alojamiento. Aquí miramos y comparamos bien, porque la idea era estar varias noches. Hacía calor y con las mochilas te agotas. Un truco muy bueno es que alguien se quede custodiando las mochilas tomando algo, como una birra, mientras el otro, que en este caso fue Carmen busca guest house con calma y sin peso a la espalda. Car volvió en un ratito. Había encontrado una super habitación de madera, con terraza y hamaca justo encima del río ¡menuda triunfada! Y no se nos iba de precio: 7 €. Eran las 12:20  y ya estábamos con habitación, sin mochilas y con una hamaca propia.

Otras guest house, la foto está sacada desde la nuestra

Nuestra habitación

Como venía siendo costumbre, después de comer, alquilamos unas bicis y fuimos a recorrer la isla un poco a ciegas. Nuestra intención era llegar a la punta Sur donde supuestamente se podían ver delfines. No lo conseguimos. Llegamos a una playita de arena fina con un par de chiringos, exploramos un poco la zona caminando por la orilla de río. De repente alguien desde una canoa nos saluda. Eran Hernán y Leandro, nuestros colegas argentinos. Los habíamos dejado en Pakse ya que ellos no pasaban por Champasak y ahora los volvíamos a ver. Estaban en la isla de al lado a la nuestra, Don Det, y venían de una excursión en lancha para ver el delfín. Nos tomamos unas cervezas juntos charlando y volvimos contentillos los cuatro con las bicis ¡qué gran momento! Se habló de la posibilidad de cenar juntos en su isla. Nosotros teníamos las bicis alquiladas dos días y se podía pasar por un puente construido por los franceses. Leandro nos explico el camino que, aparentemente no tenía complicación alguna.

Así, tras la duchita de rigor, el antimosquitos aplicado y el frontal ajustado, salimos a Don Det. Era esta una isla más marchosa que la nuestra, según nos dijeron. Cruzamos el puente. No se veía un carajo. Carmen llevaba el frontal y yo iba detrás. Estuvimos pedalenado unos 15 minutos por un camino pero no encontramos ni casas, ni bares, ni nada, así que nos dimos la vuelta. No habíamos visto o sentido nada de peligro en Laos hasta el momento, pero tampoco era plan de tentar la suerte sin tener ni idea del terreno. Una pena, ya no les volvimos a ver. Yo ya tenía el cuerpo fandanguero y me tuve que tomar unas cervezas cenando y para rebajar un buen vaso de “lao-lao” -un aguardiente de arroz- Volvía de cenar en mi bici de cura del 39 y con el vaso en la mano camino a mi hostel cuando alguien mi miró partiéndose el ojal.

20 de febrero, 2012

De nuevo la jornada comenzó temprano. Sobre las 6:30 me levanté y fuimos a desayunar media hora después. Por esta zona hacía más calor y era mejor empezar a funcionar temprano porque en las horas centrales del día apretaba el sol. Además, al abrir la puerta de nuestra habitación con la luz del amanecer, la vista era alucinante. Las bicis ya las teníamos alquiladas del día anterior. Queríamos ir a la punta Sur de la isla. Una vez allí, a apenas un kilómetro se encontraba la costa camboyana y ,según la guía, era la mejor zona para avistar al raro Delfín de Irawadi. Fuimos por sendas polvorientas -se notaba que hacía mucho que no llovía nada- atravesando algunas casas y alejándonos de la “zona turística”. Entrando por caminos estuvimos explorando unas cascadas. Sabíamos que la isla tenía cascadas pero esas no debían ser porque no había nadie y el acceso era muy malo. No obstante, estábamos solos por allí, lo que más nos gusta.

Al rato llegamos por fin al extremo de la isla. Nos dimos cuenta que habíamos dado un buen rodeo porque una pista de tierra iba mucho más directa. Nos encontramos, como siempre, un pequeño restaurante de cañizo regentado por gente local. Allí mismo seguro que se podía negociar una piragua a motor para intentar ver estos delfines de agua dulce. Antes de nada, descansamos un poquito apoyados en una barandilla que daba al Mekong y a un muelle construido por los franceses en hormigón de época colonial. Llevaba mis prismáticos en la mochila durante todo el viaje y…¡había llegado su momento! Apoyando mis codos en la barandilla me dispuse presto al ansiado avistamiento. Miré y remiré escudriñando entre el Mekong y la otra orilla camboyana. Nada. La luminosidad me hacía llorar. Era el turno de Carmen. Ella nunca ha sido muy diestra con los prismáticos pero estaba muy ilusionada con ver a los delfines. Al ratito:

 -“¡Los he visto…sí, sí, los he visto!” -decía entusiasmada- Yo, sinceramente no la creí mucho. No me fiaba en demasía de su vista y de que reconociera a los bichos.

-“A ver, déjame, déjame…rápido”- le casi ordené haciendo uso de mi propiedad sobre los prismáticos-

Delfín de Irawadi, al fondo la costa de Camboya

Efectivamente, cerca de la parte camboyana se veían algunos delfines. Había que estar fino porque, como sabéis, solo salen a respirar cada rato. Pero sí, eran los delfines de Irawadi. Los dos nos miramos y Carmen no pudo menos que chulearse del avistamiento.

 El paso siguiente no podía ser otro que negociar un bote e ir a su encuentro. Teníamos una pareja cerca de turistas franceses y Car les preguntó si querían compartir embarcación. Nos comentaron que aunque ya habían ido el día anterior, repetían. En un ratito estábamos a unos 200 metros de la costa camboyana. El de la piragua apagó el motor y tocaba esperar en silencio. Era muy emocionante. Comenzamos a ver algunos delfines a izquierda, derecha, medio a la izquierda, por el centro…Muy tímidamente y en parejas o tríos los delfines iban apareciendo siempre a una distancia prudencial. –“¡Mira, mira, allí, recto¡” – Nos íbamos indicando según quién lo veía a quién no lo había visto. Como no había nadie más podíamos oír su resoplar al respirar, ¡genial! Estuvimos una hora que se nos hizo muy corta.

Ahora una pareja

No sabíamos si era fácil o difícil avistarlos pero lo habíamos conseguido y eso justificaba el día. Estábamos muy contentos. Nos tomamos una cocacolita de las de botella grande, que son las buenas, para celebrarlo y prepararnos para seguir pedaleando.

Continuamos por la pista de tierra principal. Al rato vimos la indicación a otras cascadas. Estas sí que resultaron ser las grandes. Muy chulas de ver. Menuda cantidad de agua caía, pero solo un fallo, no estaba permitido el baño.

Las cascadas, en temporada seca

Ya vistas, y tras las sacar las fotos de rigor, retrocedimos por otro sendero a la zona que ya conocíamos donde era posible el baño en el Mekong. Pasamos el resto de la mañana tomando el sol y refrescándonos en el río. Según dicen en la época de lluvias, que es en verano, es más complicado al venir el río crecido y también muy sucio. Cuando tuvimos ya bastante sol y también suficiente hambre fuimos a comer a los habituales chiringos, allí mismo en la playa.

 Volvimos a nuestro hostel para descansar y reponer fuerzas. Una hora más tarde estábamos listos.

Carmen, muy estresada en nuestra terrazita

Don Khon, la isla en la que estábamos, estaba ya trillada así que para la última hora de sol pensamos en cruzar un puente, también realizado por los franceses, y curiosear por Don Det, la isla vecina. Estaba comenzando a oscurecer y solo nos dio tiempo a recorrer unos minutos un camino entre casas. Quedaba pendiente.

 Algunos gastos:

  • Desayuno: 40000 kips: 4 €
  • Bote avistamiento delfines: 30000 kips: 3 €
  • Comida chiringuito: 51000 kips: 5 €
  • Alojamiento habitación doble: 70000 kips: 7 €

21 de febrero, 2012

Era nuestro último día en este encantador lugar. Decidimos tomarlo con calma. Repartimos, nada más levantarnos, unas canicas y unos bolis que nos quedaban entre los niños y niñas que iban a la escuela. Con las canicas se quedaban flipando, les encantaban. Unas hermanas gemelas que le echaron más morro se llevaron la mejor parte.

Niñas jugando en el patio del colegio, en Dong Khon

 Yo estaba ya dos días con una alergia tremenda. Moqueaba sin parar y los ojos me picaban una barbaridad. En Senegal recuerdo que me pasó algo parecido. El polvo creo que era el causante. Lo que nos apetecía era volver a la playa, unos baños y plan tranquilo. Volvimos a alquilar, una vez más, nuestras ya familiares bicicletas y nos dirigimos a la playa. Después de unos bañitos nos quedaba pendiente la isla de al lado y pusimos rumbo a ella. Buscamos un buen lugar, encima del río y comimos. La comida fue normalita pero el sitio merecía mucho la pena.

Vaya modorra me entró después de comer, buf

 Seguimos en nuestras bicis a la zona más concurrida de Don Det. Aquí si que se veía movimiento y algunos bares con grifo de cerveza, ¡eso son palabras mayores¡. Era una isla mucho más fiestera. Nuestro objetivo para rematar la estancia isleña era el kayak. Alquilamos un par de ellos de 15:00 a 18:00. Le dijimos que nos indicara para dónde ir, o más bien para dónde no ir, y al ataque.

 -“Buuuuuuuuf, qué jodido, ¡no avanzo una mierda, vamos contracorriente!” –decía Car-

En el kayak

Los primeros veinte minutos fueron agotadores pero después nos escapamos de la corriente principal, curioseamos por canales e islitas y la cosa fue mejor. La libertad que sentías con tu kayak por ese pedazo de río era impresionante aunque el cansancio también lo era. Algunos cayucos con pescadores en plena faena nos regalaban imágenes acojonantes. Solo había que tener cuidado de no quedarse atascado en los canales y con los búfalos de agua, que aunque son animales domésticos, los 1000 kilos que pesan dan  más respeto que Rita Barberá vestida de fallera.

Búfalo de agua

Fuimos testigos de la pesca de subsistencia que se practica por estas zonas.

La despedida del día desde el centro del cauce del Mekong, los reflejos anaranjados y el sol descendiendo hasta desaparecer entre la jungla serán inolvidables.

Puesta de sol desde el kayak, en medio del Mekong

 Algo mojados, volvimos en nuestras bicis a Don Khon para cenar y acabar el día. Antes de ir a ducharnos había una prioridad. Ir al restaurante e intentar que nos metieran tres litros al congelador. Esto puede parecer pecata minuta pero hacerse entender (no hablan inglés ni nosotros laosiano) y cuando te entienden que lo hagan realmente,  no fue tarea fácil. Dos horas después al ir a cenar el esfuerzo había merecido la pena y algunos alemanes nos miraban envidiosos mientras yo pensaba: –“Sí, sí, españoles, con cerveza fría… ¡y campeones del mundo!”-

 Algunos gastos

  • Alquiler bici: 15000 kips: 1,5 €/persona
  • Alquiler kayak 3 horas: 40000 kips: 4 €/persona
  • Alojamiento habitación doble: 70000 kips: 7 €
  • Peaje para cruzar el puente: 20000 kips: 2 €/persona

 22 de febrero, 2012

Eran nuestras últimas horas en Las Cuatro Mil Islas. Teníamos pensado llegar a una ciudad, ya tailandesa, pocos kilómetros cruzada la frontera llamada Ubon Ratchathani. Desde allí, podíamos tomar un tren que nos llevaría de vuelta a Bangkok, nuestro lugar de partida. Nos informamos que era posible ir desde donde estábamos a Ubon Ratchathani. El desplazamiento incluía salir de la isla en bote, y minibús en el que cruzaríamos la frontera y que nos dejaba ya en esta ciudad tailandesa. Además, conseguimos un buen precio: solo 8,5 € cada uno.

La hora de salida fijada para dejar la isla eran las 11:00 por lo que no teníamos prisa alguna. Nos tomamos con calma la mañana, desayunamos y paseamos hasta la salida. Muy puntuales montamos en un bote con 4 personas más remontando el río. En poco tiempo cruzamos la Cuatro Mil Islas y llegamos al otro lado, a Ban Nakasan. Aquí, nos tocaba esperar y que nos reubicaran junto con más personas en algún transporte hasta Pakse. No sé como lo hacen pero al final, con una desorganización que en realidad es el orden laosiano, todo el mundo tenía su asiento. A las 12:15 estábamos saliendo de vuelta a Pakse y llegamos en algo más de 2 horas nada pesadas. De nuevo tocaba esperar. Nos citaron, ya en Pakse, en una oficina. Teníamos media horita libre para pasear y comer algo. Sobre las 15:00 salíamos en una furgo hacia la frontera con Tailandia, que alcanzamos en una hora. Sobre las 17:00, después de sellar pasaportes y demás, estábamos ya en Tailandia camino a Ubon Ratchathani. No sabíamos a qué hora salían los trenes hacia Bangkok pero nuestro plan era encontrar uno para esa misma tarde desde Ubon. Tuvimos relativa suerte: a las 19:10 llegábamos a la estación de tren y el próximo tren a Bangkok salía en 20 minutos. Lo malo es que no quedaban camas y debíamos ir en butaca. La segunda mala noticia es que yo por algún extraño motivo pensaba que se tardaban unas cuatro horas y resultaba que eran en torno a 12 horitas a Bangkok.

Nuestro último desplazamiento importante hasta Bangkok

¡No problem! Al entrar a nuestro vagón, el asiento de polipiel no estaba tan mal. Era acolchadito. Salimos, después de tantas prisas, a las 20:30 y el comienzo del viaje resultó la mar de entretenido. Uno de los revisores se conoce que era fan de Michael Jackson. Con su sombrero, su raya en los ojos y un solo guante, había que aguantarse la risa cuando pasaba por el pasillo. A nuestro lado, unos compis viajeros austriacos se partían la caja sin cortarse un pelo. En esto ya entablamos amistad y nos pasamos hasta la 1 de la madrugada bebiendo botes de cerveza Chang, tocando el ukelele, y fumando unos pitillos solucionando el mundo. Casi pusimos las bases sobre las que fundar una Internacional del Mal -que buscaría el bien, claro está- Pillar birras era arto fácil puesto que cada 15 minutos algún pesado pasaba con todo lo necesario para hacer una fiesta. Esto nos vino de perlas. Al principio los austriacos no paraban de beber y yo no quise dejar el pabellón murciano por los suelos.

 

Lo malo vino cuando tocamos retirada. Los vendedores ambulantes que de-ambulaban por todo el tren eran mucho peor que los azafatos de Ryanair. No paraban de pasar gritando, anunciando sus “productos frescos” a diestro y siniestro. A las 2:00, las 2:25, las 3:00, las 4:00, etc. Para colmo, incomprensiblemente la luz de neón del vagón nunca se apagó y las ventanas iban toditas abiertas. Una noche movidita pero ¡que diablos, no la cambiaría por un aburrido Hilton!

Algunos gastos:

  • Desplazamiento Don Khon-Ubon Ratchathani: 85000 kips: 8,5 €/persona
  • Tren Ubon Ratchathani-Bangkok: 7,5 €/persona

 23 de febrero, 2012

El tren entraba entre suburbios y rascacielos a Bangkok a las 8:00 o´clock. Nada más bajar nos despedimos de nuestros colegas austriacos. En los viajes a veces da un poco de pena esto. Conoces mucha gente pero frecuentemente solo por unas horas. Yo siempre pienso si volverás a ver a fulano o me encontraré de nuevo con mengano. Seguro que sí.

 Si lo recordáis, la zona de Khao San Road era un guetto mochilero -sí, sí, me encanta decir esto ¿qué pasa?-

Le propuse a Carmen intentar buscar alojamiento en China Town. Así que pillamos tuk-tuk y nos dirigimos al barrio chino. Resultó que estábamos muy cerca pero no lo sabíamos. Tras desayunar tranquilamente y buscar un baño de urgencia  -aún tenía recuerdos diarréicos- comenzamos nuestra búsqueda  de guest house.

Una calle en Chinatown

Íbamos totalmente a ciegas y sabíamos que no sería fácil. Anduvimos unos veinte minutos, llegamos a una zona de calles en la que todo olía a grasa de coche. Solo había talleres con cajas de cambio, amortiguadores, llantas, etc. Era un paisaje industrial muy sugerente y me acordé de mi amigo Andrés G. Mellado, gran fotógrafo urbano. En ese instante vimos una flecha que indicaba alojamiento y tras seguirla por varios callejones al estilo de Golpe en la Pequeña China, llegamos a RiverWiew Guesthouse. –“¡Guaaau, vaya pinta tiene esto, será carillo¡” Se acercaba, por su tamaño y recepción, más a un hotel de tres estrellas. Hubo suerte, encontramos habitación, de al menos 35 m y por solo 12 €. “¡Menudo fichaje Car, nos quedamos aquí y perdemos el vuelo!”  Era un sitio espectacular, en Chinatown, frente al río y con una terraza-restaurante en la planta octava que ya la quisieran muchos hoteles. No exagero nada. ¡Vaya potra! Una nueva triunfada y de nuevo pasando de la Lonely Planet.

 

Una duchita rápida que teníamos mucho Bangkok por visitar. De nuevo el calor y la humedad se hacían notar pero menos que el primer día, no porque fuera menor sino por ser mayor nuestra aclimatación tras veinte días.

Comenzamos por pasear de Chinatown e ir al templo donde se halla el gran Buda Dorado. Llegamos sobre las 11:15. La peculiaridad de este buda es estar bañado auténtico oro. Una visita prescindible en todo caso.

Seguimos caminando. El barrio chino es de lo mejor de la ciudad para mi gusto. El budismo chino no es exactamente igual al tailandés -budismo theravada- y los templos repartidos por toda Chinatown son diferentes al resto.

Deidad heavy de un templo, en Chinatown

En cada calle te asaltan multitud de mercados de alimentación con rarezas que dejarían perplejo al bueno de Arguiñano -patos asados, calamares secos, jaulas con perritos lechales, especias irreconocibles, peceras enormes con el pescado vivo, etc.- Asimismo, no faltan los mercados de artículos chinos de imitación, ropa, farolillos de papel, dragones de todo tipo, etc. Un mundo aparte dentro de Bangkok.

Callejuelas, en los mercados de Chinatown

Aún no era ni la una pero teníamos hambre. Fuimos a un restaurante chino, no podía ser de otra manera. Ahora bien, cualquier parecido con los restaurantes chinos en Europa era pura coincidencia. Allí solo con el olor a fritanga salías comido. Un restaurante chino de verdad, para verlo. Recomiendo vivamente empaparse de Chinatown, incluido el olor a fritanga, si se visita Bangkok.

La humedad de Bangkok agota de lo lindo y descansamos un ratito en el hostel. Dejamos el barrio chino por tarde. Nos dirigimos a la zona de Ko Ratanakosin, en el centro, y lo mejor es hacerlo en el barato y rápido ferry fluvial. Siguiendo nuestro itinerario turístico yo quería ver el Wat Pho, el templo más antiguo y grande de la ciudad. Lo que más me llamaba la atención era visitar el buda yacente más grande de Tailandia, de 46 metros de largo y 15 de alto. A eso de las 18:oo estábamos allí. Carmen ya lo había visitado y no pagó, aunque después haciéndose la longui me la encontré dentro y me pudo sacar unas fotos. Merece la pena la visita.

 

Transportarse en Bangkok no resulta especialmente fácil -la ciudad es enorme- si no quieres estar cogiendo, y pagando continuamente tuk-tuks. Pensamos cambiar de distrito para la noche y dirigirnos a Silom. Es complicado hacerlo por autobús ya que no te suelen entender, es difícil orientarse y el turista típico opta por el taxi directamente. Conseguimos con un poco de suerte llegar al distrito de Silom en autobús urbano, mucho más pintoresco. Pensábamos que Silom sería menos turístico y nos equivocamos de pleno ya que es la zona donde se encuentran la mayoría de hoteles utilizados por los tour operadores –Novotel, Marriott, Holiday Inn- Consecuentemente, los puestos callejeros estaban por todos lados en la Silom Street. Al final de ésta, en una calle perpendicular se encuentra el mercado nocturno de Patpong. Es una turistada total, y es difícil hasta ver algún tailandés. Esta especializado en bolsos y relojes de imitación. Lo curioso es que en este mercado hay bares, a ambos lados, con espectáculos de go-gós y el famoso “ping-pong show” (meritorio, y no justamente valorado, espectáculo erótico-vaginal con pelotas de pin-pong). Prescindible, pero si se están varios días en la ciudad se pueden pasar unas horas por el mercado y ver el ambiente.

Tras cenar, nos retiramos, esta vez en taxi, a la guest-house que mañana era nuestro último día.

 Algunos precios:

  • Comida para dos en Chinatown: 250 bath: 6,5€
  • Ferry fluvial: 15-30 bath: 0,40-0,80 €
  • Entrada Wat Pho: 100 bath: 2,50 €
  • Billete bus urbano: 10 bath: 0,25 €
  • Cena para dos en Silom: 500 bath: 12 €
  • Taxi Silom-Guest House: 70 bath: 1,80 €
  • Alojamiento habitación doble con baño y a/a Riverwiew Guesthouse: 500 bath: 12€

24 de febrero, 2012

Desayunamos en la terrazaza del hostel. Ya os comenté que era una auténtica pasada, como estar en una terraza de un superhotel con vistas, pero pagando 12 euritos la noche.

 Era nuestro último día. Abandonamos la habitación, bajamos a recepción y pedimos permiso para dejar las mochilas medio tiradillas debajo de una mesa en el hall. Por la mañana la visita obligada era el Wat Arun, un impresionante templo de estilo jemer que sobresale en la orilla del río Chao Phraya. El templo se puede ver desde muchos puntos de la ciudad pero había que verlo de cerca. Al estar en Chinatown alojados tardamos una hora en llegar. Primero un ferry hasta la zona centro y después otro ferry para cruzar de orilla, donde esta el templo. A las 10:40 estábamos visitando el Wat Arun y mereció la pena. Se puede subir hasta la mitad de la torre por unas empinadísimas escaleras. Además de la visita al propio templo,  las vistas del río en primer término, con barcos y cayucos en todas direcciones, y la ciudad como telón de fondo, son impresionantes.

Pensamos en dar un paseo por el río en un bote y ver algún mercado flotante. Nos pedían demasiado dinero y olía a tourist show, así que lo descartamos.

 Un punto fuerte de la ciudad es el Mercado de Chatuchak. Un enorme mercado con cientos de puestos y miles de visitantes diarios. Teníamos información contradictoria. Los fines de semana abría con certeza pero nos marchábamos esta misma noche y era viernes. Decidimos ir para ver si abría también durante semana para contarlo en el blog, je, je. Está lejos del centro y se puede ir en metro (Chatusak park) o en skytrain, que es un tren elevado, (Mo Chit). En cuarenta minutos se llega y sobre las 13:00 estábamos deambulando por el laberíntico recinto. Muchos de los puestos estaban cerrados pero son tantos que casi se agradece. Pese a haber mucha gente se podía caminar bien, “¿Cómo será esto mañana?” -me decía Car-.

Todo tipo de productos de artesanía, antigüedades, lámparas, bolsos de cuero, campanas y parafernalia de cobre, librerías enormes de segunda mano, etc. Allí se puede comer y pasar un buen rato, de hecho, ya os comento que quizás sea incluso mejor ir el viernes que en fin de semana.

 Estuvimos varias horas mirando por todos lados. Encontramos varios españoles comprando material para sus tiendas en España. No conviene separarse si no te quieres perder de tus compañeros, es un laberinto y menos mal que era jueves.

Para acabar nuestra estancia en Bangkok y el viaje, decidimos pasar de nuevo por Khao San Road. También allí hay mercado nocturno y podíamos terminar de comprar algún regalito tardón. Carmen quería despedirse de su periplo asiático con un buen masaje. A eso de las 19:00 estábamos en el séptimo cielo recibiendo un masaje tailandés. Esta vez, nada de temas terapéuticos. Lo pedimos relajante, de aceite y solo de media hora porque esa misma noche nos marchábamos. Masajito y último vistazo a la ciudad. Ahora lo recuerdo con añoranza. Pillamos un taxi para ir a la guest house, recogimos la mochila y tomamos rumbo al aeropuerto pitando que se nos había ido el santo al cielo, para variar.

 Al llegar una tremenda cola para la facturación que asustaba nos metió el miedo en el cuerpo, pero como suele pasar, facturamos, embarcamos y llegamos, aún en chanclas, a Madrid tras 12 horas de vuelo. En otra más recogíamos la mochila, y en metro estábamos en Lavapiés que es un barrio muy guay, pero eso será para otro post.

Gracias Car, contigo todo es muy fácil.

Se finí!

 -Ultimas reflexiones para valientes-

Hay muchas formas de viajar. La nuestra es así, ya la habéis visto. No es porque no tengamos más dinero sino porque nos gusta hacerlo de esta forma. Cuando hablo en los post del regateo, de ahorrar unos euros, comer en sitios que podían estar más limpios, etc. no lo hacemos por ahorrar dinero sino por filosofía de viaje. Buscamos la autenticidad siempre dentro de unos mínimos de habitabilidad y comodidad (A mí también me gustan las gambas, las pago y me las como). 
En muchos países hay dos vidas, dos precios y dos caras, dependiendo si eres un turista o no. No podemos dejar de ser extranjeros y turistas pero sí podemos intentar ver, comer y transportarnos como lo hacen los lugareños.
¡Inténtalo y recordarás tu viaje durante toda tu vida!

7 comentarios

Archivado bajo laos

7 Respuestas a “laos -el desenlace-

  1. nene,acabo de terminar de leerlo y que te voy a decir FANTASTICOOOOOOO,me encanta…..y esta noche como sabes lo volvere a leer mas tranquila.Que pena que ya se haya terminado.Ahhhh,no has comentado nada de lo de la detencion jajaja….en fin me ha gustado mucho,y la verdad que Car es encantadora…….tqqq y besazossssss.

  2. Eladio

    Koke, nos has gustado mucho, tanto la detallada y fluida descripción cómo las maravillosas fotos…envidia sana es lo que nos da después de todo lo que cuentas y cómo lo cuentas…pero los cuerpos ya no están para esas maravillas de vivir cómo los que viven allí.
    Un beso para Carmen y para tí.

  3. Gracias Eladio, se trataba de hacer un diario postviaje diferente. Es verdad que no todo el mundo puede o quiere viajar así, las “comodidades” nuestras potencias las “incomodidades” de allá, pero es lo mejor. Tú tendrías varios blog con tus viajes y aventuras varias. Un beso

  4. Marien Gabarron

    Me ha encantado,cuando vaya a Laos mando a la Lonley planet a la mierda,con viajes de cuchara hasta el final….jejejejeje,Lo de los delfines me ha flipado un montón,mirando por internet he leído que están en peligro de extinción,pone que solo quedan 85 ejemplares de esta especie,que suerte la vuestra haberlos visto en vivo. Menudo viajecico chuli piruli que os habéis hecho,me ha “encantao”. Pues nada maquis a seguir viajando y a continuar con el blog que esto tiene mucho futuro. Yo me quedo con la frase:” A mi también me gustan las gambas,las pago y me las como”. Un besazo para los dos,que sois muy bonicos.

  5. Buenooo!!!, cojonudo chaval, me ha encantado, y además me pones encima de Sam3, je, je…esta noche sueño con la Barberá de fallera…

  6. Moma

    ¡Hola Jose!: Soy la ” Moma”, me ha encantado el relato de tu reciente viaje a Laos. ¡Que envidia!. Cuanto me gustaría vivir aventuras como las que cuentas pero de momento yo he de pensar en viajar con niños.
    Me llamaron osada ( la primera, tu madre) por irme un mes con ellos a Marruecos durante dos años seguidos y la experiencia fue fantástica para ellos y para nosotros. Este año viajaremos al Lago de Como, también con ellos ( tienen 10 años),. Por algo se empieza… Sigue escribiendo, que en cuanto crezcan un poco, si no estoy muy vieja, intentaré hacer viajes mochileros con mis hijos. Besos.

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